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Si analizamos los principales eventos que se realizan a nivel europeo en seguridad y salud laboral, la absoluta mayoría de ellos están patrocinados por compañías dedicadas a la comercialización de software del sector.

Está claro que el mercado está muy sensibilizado con esta tendencia y que la cosa va a más, dado que muchos ya se han dado cuenta que es muy complicado gestionar semejante responsabilidad mediante una simple hoja de cálculo.

Además, las posibilidades que nos ofrecen los smartphones también son muy interesantes. Según datos de la encuesta realizada en 2017 por la consultora Verdantix entre 382 responsables de seguridad y salud de empresas multinacionales, el 57% consideró el uso de APP’s para la realización de inspecciones, auditorias y/o controles operacionales como una vía para la integración real de la seguridad y salud en las organizaciones.
Esta tendencia se está consolidando y en los próximos años será cada vez más habitual en nuestras empresas. No obstante, ¿creéis que es un tema novedoso?

Os podemos asegurar que no. Hablamos hace un tiempo de un caso de liderazgo en seguridad fabuloso que nos ha enamorado desde que lo conocimos. Se trata del caso de Alcoa y su antiguo CEO Paul O’Neill.

Un líder excepcional que contra todo pronóstico tomó la seguridad como único caballo de batalla para reflotar una compañía en horas bajas. Al principio pocos creyeron en él, pero un año después de su llegada a la dirección de la compañía, las ganancias de la misma alcanzaron unas cifras de récord. Y al final de su mandato, la capitalización de mercado de Alcoa fue 5 veces más que cuando se puso al frente de la firma, además de bajar el índice de frecuencia desde 1,86 a 0,14 accidentes con baja por cada 200.000 horas trabajadas.

Todo un hito y un caso de éxito a seguir y estudiar, como de hecho se hace en muchas de las prestigiosas escuelas de negocios de todo el mundo. Desde que Paul O’Neill se convirtió en CEO de Alcoa en 1987, hizo de la seguridad y salud laboral su máxima prioridad, y para ello quiso enfatizar su importancia de todas las formas posibles.

Cuando Alcoa creó una red de computadoras en toda la empresa en 1991, O’Neill insistió en que la primera aplicación fuera para informar y revisar las medidas de seguridad, y se aseguró de que todos los empleados de Alcoa tuvieran acceso a estos datos. O’Neill quería que las personas pudieran informar los problemas de inmediato, solicitar asistencia cuando sea necesario y dar a conocer los logros. Quería que entendieran que la seguridad era lo primero, que no era una idea de último momento.

El plan de O’Neill para erradicar los accidentes laborales implicaba la reconfiguración más radical en la historia de Alcoa. O’Neill creía que la clave para proteger a los empleados de Alcoa era entender por qué ocurrían los accidentes. Y, para entender por qué ocurrían, había que examinar qué partes del proceso de manufactura salían mal. Para entender qué partes salían mal, había que llevar gente que educara a los empleados en materia de control de calidad y procesos laborales eficientes, de modo que fuera más fácil hacerlo todo bien, pues el trabajo bien hecho es un trabajo más seguro.

El modelo del plan de seguridad de O’Neill se basaba en el bucle de los hábitos. O’Neill identificó una señal sencilla: el accidente laboral. Instituyó entonces una rutina automática: cada vez que alguien sufriera un accidente, el presidente de esa unidad tenía que enviarle a O’Neill un informe dentro de las siguientes 24 horas, así como un plan para garantizar que ese mismo accidente no volvería a ocurrir. Y ello conllevaba una recompensa: los únicos que recibieron ascensos fueron aquellos que se adaptaron al sistema.

Los presidentes de las unidades eran personas ocupadas. Para contactar con O’Neill dentro de las 14 horas posteriores al accidente, necesitarían que su vicepresidente les notificara un accidente tan pronto ocurriera. Por tanto, los vicepresidentes necesitaban estar en comunicación constante con los gerentes de piso, los cuales necesitaban, a su vez, que los empleados les advirtieran tan pronto vieran un problema y que tuvieran a mano una lista de sugerencias. De ese modo, cuando el vicepresidente les pidiera un plan, ya hubiera una miríada de opciones. Para que todo eso ocurriera, cada unidad debía crear nuevos sistemas de comunicación que facilitaran que el empleado en la parte más baja de la cadena pudiera hacerle llegar una idea al ejecutivo de más alto rango en poco tiempo. Casi todo en la rígida jerarquía de la empresa debía cambiar para ajustarse al programa de seguridad de O’Neill. Con eso, empezó a erigir nuevos hábitos corporativos.

Y sólo eso fue posible gracias al software que implantó la compañía. En ocasiones es complicado convencer a la alta dirección de la inversión supone adquirir un aplicativo informático, y eso es principalmente porque se está compitiendo con el “coste cero” que supone una hoja de cálculo. Pero disponer de una buena solución importa, y mucho. Y el caso Alcoa nos lo demostró con creces.

Prevencontrol

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