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Estados Unidos, años 80. Los avances científicos en el ámbito de la cardiología permiten, por fin, revertir hasta ahora la creciente tendencia de muertes por enfermedades cardíacas… en hombres. A su vez, el conjunto de mujeres estadounidenses seguía experimentando unas tasas de defunción por lo general cada vez mayores.

La razón: los estudios previos habían contado tradicionalmente con muestras meramente masculinas y, sin embargo, se adoptaron los hallazgos como válidos para ambos sexos. El matiz: los síntomas que llevan a un diagnóstico precoz de un ataque cardíaco pueden variar en función del sexo con el que nacemos: un hecho desconocido entonces.

Esta situación de invisibilidad médica de las mujeres en el estudio de enfermedades cardíacas fue bautizada con el nombre de síndrome de Yentl por Bernardine Healy, mujer pionera en ocupar el cargo de dirección de los National Institutes of Health de Estados Unidos y, más importante aún, precursora de múltiples estudios de investigación posteriores centrados en la mujer. En los 20 años siguentes, las muertes por enfermedades cardíacas en mujeres se habían reducido en decenas de miles.

Muertes por enfermedad cardíaca en Estados Unidos segregadas por sexo (1979-2011)

Salvando las distancias, este síndrome de Yentl se da también presumiblemente en el mundo de la higiene ocupacional en relación al establecimiento de Valores Límite Ambientales (VLA) y Valores Límite Biológicos (VLB), definidos en función de la relación dosis-efecto-tiempo pero no atribuyendo un factor diferencial en función del sexo.

Sin embargo, la evidencia científica nos dice también que hombres y mujeres presentamos características biológicas diferentes que hacen a la mujer más vulnerable frente a determinados contaminantes. A modo de ejemplo, el hecho de que las mujeres cuenten con un mayor tejido adiposo en su organismo hace que sean más sensibles a una dosis de contaminantes liposolubles (plomo, por ejemplo). Una piel más fina, o un metabolismo más lento que conlleva una menor capacidad de secreción de contaminantes, serían otros aspectos que generan una mayor vulnerabilidad en términos de riesgo químico para la mujer y, por lo tanto, la necesidad de medidas de control adicionales para igualar el factor de protección al de los hombres.

Llegados a este punto, nos hemos adentrado de lleno en la gestión de la SST desde una perspectiva de género… Aunque si somos puristas, lo más correcto en este caso sería decir desde una perspectiva de sexo.

¿Sexo o género?

Conviene previamente que acotemos ambos términos a su definición más estricta, ya que es común que se utilicen de forma errónea. Definiciones de la OMS:

  • Sexo: Características biológicas no mutuamente excluyentes que definen a un ser humano como hombre o mujer.
  • Género: roles, características y oportunidades definidos por la sociedad que se consideran apropiados para los hombres, mujeres, niños, niñas y personas con identidades no binarias. El género es también producto de las relaciones entre las personas y puede reflejar la distribución de poder entre ellas. No es un concepto estático, sino que cambia con el tiempo y lugar.

Aunque el género interactúa con el sexo, son términos distintos. Si abordamos en términos preventivos la especial vulnerabilidad de la mujer frente a riesgos psicosociales en el trabajo con motivo, por ejemplo, de una presumible mayor carga doméstica, estamos haciendo prevención desde la perspectiva de género y no de sexo, ya que aquí inciden factores sociales y no biológicos. Por sexista que pueda parecer tal presunción, según la Encuesta de Condiciones de Vida efectuada por el INE da un dato abrumador: las mujeres dedicaron en 2015 el doble de tiempo semanal que los hombres a efectuar trabajos no remunerados, sin apreciarse diferencias notables entre mujeres que trabajan a tiempo parcial y completo.     

Hagamos prevención desde la perspectiva de género o de sexo, la bibliografía ha acabado englobando ambas dentro de la terminología única de perspectiva de género.

¿Qué factores de género debo tener en cuenta como té[email protected] de SST?

Desde el siglo pasado, la legislación y posterior gestión de la SST ha ido agregando importantes avances en esta materia: restricciones de exposición en situaciones de embarazo y lactancia, prevención de situaciones de acoso sexual o laboral por razón de sexo, el establecimiento de 15 kilos en vez de 25 como peso máximo… etc.

Ahora bien, es necesario llevar la dimensión del género más allá si queremos conseguir un factor de protección de la seguridad y salud ecuánime en nuestra plantilla. Os dejamos con algunos elementos que debemos tener en cuenta como profesionales de la seguridad y salud laboral:

  • Diferencias en cuanto a riesgo químico: Hemos hablado de un mayor tejido adiposo, de un menor grosor de la dermis y de un sistema metabólico más lento que hacen de la mujer una trabajadora especialmente sensible ante determinados contaminantes químicos. También está el hecho de que determinadas sustancias pueden provocar alteraciones puberales, trastornos en la ovulación, afectación uterina y en mama, así como otras afecciones específicas en mujeres. Por lo tanto, se hace imprescindible conocer los posibles efectos que pudieran derivarse de la exposición a químicos para cada sexo y establecer medidas de control específicas en base a ellos. Incluso, por qué no, establecer unos valores límite de exposición a nivel interno más estrictos que los oficiales en base a la divulgación científica.
  • Selección de EPIS: De todos es conocida la importancia de un buen ajuste cuando hablamos de equipos de protección respiratoria, gafas de protección o ropa de trabajo para determinados tipos de riesgo. Por lo tanto, la elección de dichos EPIs y su tallaje deberá responder también a las diferencias en torno a la morfología de la cara y de las características antropométricas presentes en ambos sexos. Homogeneizar la elección de EPIS le quita todo el sentido a la individualidad que los debe caracterizar.
  • Riesgos ergonómicos: El diseño de los espacios, puestos de trabajo, herramientas y útiles se ha concebido tradicionalmente, una vez más, desde una falsa homogeneidad. Aspectos diferenciales como la estatura, las dimensiones de brazos y piernas, fuerza y resistencia muscular deben ser tenidos en cuenta cuando analizamos el riesgo de manipulación de cargas, posturas forzadas o movimientos repetitivos. Según los datos de la V Encuesta Nacional de Condiciones de Trabajo, hay un mayor porcentaje de mujeres que declararon molestias músculo-esqueléticas derivadas de la carga física respecto de los hombres, especialmente en nuca/cuello, la zona alta de la espalda y los hombros. Buena parte de ello depende sin duda de la segregación horizontal de nuestro modelo de trabajo, por el cual hombres y mujeres se concentran en buena medida en determinadas actividades y sectores. Sin embargo, no podemos descartar la incidencia del diseño de los puestos de trabajo   
  • Precariedad laboral: las mujeres ocupan estadísticamente puestos más precarios, con mayor temporalidad, turnicidad, nocturnidad, con horarios a tiempo parcial y con menor retribución salarial. ¿Se pueden proponer acciones para mejorar estas condiciones y a la vez despertar el interés de la dirección en términos de retorno de la inversión? Difícil, pero se puede. Es el caso de numerosas cadenas de hoteles estadounidenses – Hilton, entre ellas – que a través de la mejora de las condiciones laborales de su staff (mujeres en su mayoría), han visto incrementados sus resultados con motivo del auge de webs y apps dedicadas a un consumo social responsable:
  • División sexual en la asignación del trabajo: Todavía hoy día, la organización social del trabajo viene marcada por un fuerte protagonismo de la mujer en la realización de trabajos domésticos y relativos a los cuidados. Debemos incorporar esta realidad a la gestión de determinados riesgos ergonómicos y psicosociales del trabajo que puedan verse agravados por esta doble carga. A su vez, podemos promover desde el ámbito laboral acciones formativas para sensibilizar sobre los efectos en términos de salud que conlleva un reparto desigual de la carga doméstica, consiguiendo así un efecto bidireccional en la minimización de riesgos psicosociales. 

Pese a la necesidad real de integrar estas consideraciones a la gestión de la prevención de riesgos laborales, los datos consultados para la elaboración de ese post nos hacen pensar que aún queda un largo camino por recorrer. También hemos echado en falta, por parte de algunos organismos gubernamentales, asociaciones empresariales y sindicales, la incorporación de aspectos relativos a la SST desde la perspectiva de género en sus publicaciones relativas al contenido de los Planes de Igualdad, documento obligatorio en empresas con más de 250 trabajadores en plantilla.

Pese a todo, la proporción de mujeres en el mercado de trabajo sigue con la tendencia creciente de los últimos años. Sin ir más lejos, la afiliación de mujeres a la Seguridad Social en enero de 2019 ha supuesto un 46,32% del total. Un porcentaje considerable alto al que nuestra gestión preventiva debe dar respuesta.

….

Relación de documentación consultada:

The Women’s Ischemia Syndrome Evaluation (WISE) Study: protocol design, methodology and feasibility report. Noel Bairey Merz. 1999

Encuesta de Condiciones de Vida 2015. INE. 2015

Límites de exposición profesional para agentes químicos 2018. Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo. INSST. 2018

Pautas para la integración de la perspectiva de género en la prevención de riesgos laborales. Osalan. 2017

Incorporar la perspectiva de género en la equidad en salud. Un análisis de la investigación y las políticas. Gita Sen, Asha George y Piroska Ostlin

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