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Dícese que la especie humana es la única especie biológica que prolonga de forma considerable el espacio vital más allá del ciclo reproductivo. Las hembras humanas, después del climaterio pueden vivir perfectamente 25-30 años, en algunos casos más. Parece ser, pues, que nuestra especie está adaptada para ser vieja. Esa distinción del Homo sapiens es una característica diferencial de especie que contrasta incluso con nuestros más cercanos congéneres, los Neanderthales (Homo neanderthalensis); ellos no poseían esa peculiaridad. De modo parecido y simétrico, se llega tarde a la madurez sexual, existe un prolongado período de infancia y de pubertad, y la madurez no llega hasta pasados 20 años del nacimiento. Somos una especie que necesita mucho tiempo, también, pada madurar. Y ello forma parte de nuestra clave adaptativa, nuestro éxito competitivo como especie. La vejez, los ancianos, representan una parte –pequeña- de las sociedades humanas tribales, muy importante en la transmisión de la cultura y del conocimiento. Sin embargo, en la sociedad tribal, sólo unos pocos llegan a viejos.

Sin embargo, en el S XXI tenemos verdaderas autopistas de la información y del conocimiento y la estructura social antigua dejó de funcionar básicamente con el advenimiento de la sociedad industrial. La experiencia de los más viejos ya no nos es útil –aparentemente-, porque todo cambia a mucha velocidad y es necesario adaptarse constantemente a los nuevos retos tecnológicos. Sin embargo, la estructura demográfica de nuestras sociedades se encamina, en las sociedades occidentales, a una pirámide de edad “envejecida”. En Alemania, primera potencia europea dónde las haya, la población mayor de 60 años se prevé que será superior al 40% de la población, poniendo en entredicho la capacidad de liderazgo económico e industrial del país, en un corto plazo y a pesar de recibir población inmigrante abundante.

Evolución de la pirámide poblacional en Alemania 2000-2100

Evolución de la pirámide poblacional en Alemania 2000-2100

Cargas para el Estado

Este escenario demográfico implica un aumento de las cargas para el estado, básicamente por tres conceptos:

  • El estado se ve obligado a proteger o “premiar” la natalidad. Aquellas parejas jóvenes que deciden tener hijos reciben ayudas precisamente para intentar revertir, dentro de lo posible, la situación. El sistema necesita estimular económicamente la regeneración demográfica y aliviar la carga de las parejas.
  • Aumento de los costes sanitarios por el envejecimiento de la población, una población anciana es más frágil de salud y entraña mayores costes sanitarios.
  • Aumento de la carga de las pensiones: se habla incluso que esta tendencia podría poner en jaque la propia esencia del estado del bienestar.

Cambio en el modelo de esfuerzos

Los adultos que llegan a la vejez son la gran mayoría. Debemos ver, pues, los adultos como candidatos a futuros viejos y prever, de alguna manera, un amortiguamiento del desgaste y de las cargas ya en la edad adulta. No los podemos “quemar”. El modelo de edad adulta intensiva, con cargas abundantes de todo tipo (familiares, laborales, financieras, fiscales…) debe modularse a modelos más equitativos. Y de hecho ya se está haciendo. El alargamiento a seis meses de los permisos de lactancia está en cartera, y en algunos países se compensa el esfuerzo de tener hijos. Las deudas de las familias estallaron –algunas de ellas- por los aires y debieron ser absorbidas por las entidades financieras y socializadas. No debemos cargar a las familias con cargas financieras excesivas. Hay que facilitar el acceso a la vivienda en condiciones que representen menor esfuerzo. Debemos encaminarnos, pues, hacia un modelo social menos individualista, donde quizá no sea tan importante tener un piso de propiedad, pero que podamos sentirnos más amparados, por ejemplo, en situaciones de discontinuidad laboral.

Autoprotección

Ya desde la infancia debemos educar a las nuevas generaciones en un nuevo modelo radical de autoprotección. La Sanidad pública puede verse desbordada en su cometido de mantener la salud si no existe una colaboración autoprotectora de la propia población. Es que, a lo mejor, no podrá, si seguimos con el modelo actual. En los centros educativos primero y, posteriormente, una vez dentro de la vida laboral, debemos dotar de espacios para la autoprotección que fomenten un estilo de vida saludable, consistente, mayormente, en evitar hábitos tóxicos y perniciosos, realizar ejercicio físico habitual y tener una dieta y unos hábitos alimenticios saludables. No vale seguir de cualquier manera mientras el cuerpo aguante.

Meditación

No puede ser que los entornos de trabajo sean espacios de generación continua del estrés. El estrés mantenido de forma sostenida lleva a la enfermedad. La disipación natural del estrés necesita de “pulmones” en los cuáles se pueda ejercer la necesaria meditación. Muchas sociedades que juzgamos arcaicas han incorporado la meditación (o la oración en su forma religiosa) al hábito diario laboral colectivo, desde hace miles de años. Por algo será. Los puestos de trabajo sostenibles, en el sentido de saludables y generadores de wellbeing en el corto y en el largo plazo, deberán liberarse paulatinamente de la carga del estrés. Lo señalábamos en un anterior artículo, la meditación incorporada al espacio laboral es muy buena solución, aparte que conlleva otros numerosos beneficios.

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Turnos de reciclaje

El sistema actual de pensiones premia aquellos trabajadores que hayan llegado a su edad de jubilación habiendo cotizado el número máximo de años. Es decir, venimos de un sistema dual y totalmente discontinuo, con una vida laboral intensiva y “enganchada” al tren productivo para luego “desengancharnos” por completo al adquirir la categoría de pensionistas. Este modelo ya está en crisis y se ve discontinuado voluntaria o involuntariamente debido a las nuevas dinámicas de ciclos laborales, de contratación y de creación de puestos de trabajo. Hay que reprogramar la vida laboral desde principio a fin, incorporando períodos de reciclaje, años sabáticos, espacios de maduración profesional necesarios. No hay que premiar al que haya cotizado más, y que llegue exhausto a la jubilación, sino a aquél que haya sabido autoproteger su salud, reciclarse y mantenerse activo. Algunas empresas ya están incorporando la posibilidad del año sabático con derecho a readmisión y otras medidas de flexibilidad, incluyendo tratos especiales para la gente próxima a la jubilación y a aquellos que desean trabajar (de forma parcial si conviene) más allá de la fecha natural de jubilación.

Nuevos activos para la vejez

Si los mayores de 60 años van a representar hasta el 40% de la población, no los podemos encerrar en un sistema retributivo de pensiones precarias, puesto que ello iba a hundir la economía. Las personas mayores son un mercado que debemos cuidar (denominado la Silver economy) y que puede potenciar el movimiento económico. Para que ello sea así, los adultos deben llegar a la vejez en las óptimas condiciones de salud y de regeneración. La clase de madurez más avanzada (50-64 a.) debe ser productiva de valor añadido. Evidentemente que no tanto en trabajos rudos o físicos, pero los ciclos laborales deben abrir nuevas ventanas de oportunidad para la gente mayor. Si lo hacemos bien, en un entorno tecnológico y evolutivo del S XXI, debe funcionar.

Nuestro sistema actual genera demasiadas personas en la franja de 50-64 años con incapacidades para el trabajo, o bien enfermedades de larga duración si no invalidez. Eso sucede porque en edades anteriores a los 50 años quemamos a las personas como productores de valor añadido por planteamientos laborales excesivos. No tiene sentido.

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¿Qué estoy diciendo? ¿Los trabajadores deberán trabajar de forma productiva durante más tiempo? Pues ésta es también la previsión de la Agencia Europea para la Seguridad y Salud en el trabajo. Actualmente, la población europea de 20-64 años tiene una tasa de empleo del 69%. Dicha tasa debería elevarse como mínimo al 75% a criterio de la Agencia, según se recoge en el documento estrategia Europa 2020. Si no somos capaces de conseguirlo, Europa caminará hacia un escenario de deterioro del Estado del Bienestar (recorte de pensiones, alargamiento de la vida laboral por aplazamiento de la edad de jubilación).

Todo este nuevo entorno demográfico, de estado de salud y debería ser también de wellbeing, presenta una oportunidad para los profesionales de la prevención, cuya actuación se revela de crucial importancia en la contingencia para superar el reto. Debemos hacer las cosas bien hechas.

Las autopistas de la información

Es cierto que vivimos en la era del conocimiento y de la información, pero precisamente por ello, la facilidad de acceso a cantidades tan ingentes de información puede resultar abrumadora. La gestión correcta, experimentada, cribada de la información requiere experiencia y perspectiva. La gente mayor tiene ventaja. El trabajo en red es otro activo importante. Pero es muy fácil perder tiempo y eficacia en la red. La experiencia, el coaching y la especial sensibilidad y prudencia de las personas mayores pueden dotar a las empresas de un potencial de eficiencia importante en productividad. The Internet of things es maravilloso, pero el sabio consejo a tiempo lo supera.

Los gurús de las tecnológicas (Google, Facebook, Microsoft) crían a sus hijos en ambientes exentos de tecnología (pantallas, tabletas, smatphones…). La tecnología y la información no lo es todo. Pensar y, sobre todo, pensar con madurez, es un activo básico en las organizaciones. Y los empleados maduros, un potencial. De hecho, lo han sido siempre.

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