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Una de las claves fundamentales cuando se conduce es el principio de la anticipación. En realidad es válido en muchos aspectos de nuestra vida, pero aplica de forma muy clara en seguridad. Cuando conducimos realizamos una tarea mental verdaderamente compleja, aunque no nos lo parezca. Estamos atentos a la recogida de múltiples estímulos visuales, auditivos, táctiles… En definitiva, a todo un conjunto de sensaciones que nos informan del entorno. Además de percibirlas, debemos procesar esa información en nuestro cerebro, de forma más o menos racional o emocional, y gestionar una respuesta. Fijaros qué sencillo parece, ¿verdad? Pues no lo es. De esas tareas que he descrito antes, la que más nos cuesta llevar a cabo de forma segura es la toma de decisiones. No siempre es racional y no siempre es una respuesta adaptada a las circunstancias. Sin embargo, como experimentados conductores comprometidos con la seguridad vial y, sobre todo, comprometidos con mantenernos sanos y salvos y no causar daños a otros, podemos mejorar en ese aspecto.  Para ello una técnica muy fácil de entender y de aplicar consiste en usar la cabeza (y lo que hay dentro) y el pie. Vamos a explicarlo.

Imaginemos que vamos circulando con nuestro vehículo por un entorno, digamos urbano. Sabemos de entrada que la circulación por ese entorno está repleta de elementos cambiantes: vehículos, peatones, semáforos, señales, etc. Debemos estar muy alerta a todo ello y prepararnos para actuar. Para lograrlo debemos desarrollar una actitud de desconfianza. No hacia los conductores, si no hacia la conducta de todos los seres que nos rodean. Pensaremos como Murphy: si algo puede salir mal, saldrá. Y nos armaremos de paciencia y nos mantendremos activos buscando indicios de riesgo. Por ejemplo:

  • Si hay peatones en los alrededores, qué pensaremos: que van a cruzarse.
  • Y un balón infantil: un niño en su busca.
  • Un contenedor para el reciclaje de papel o vidrio: una zona oculta a nuestros ojos detrás de la que puede encontrarse un peatón.
  • Un vehículo en movimiento: va a incorporarse.
  • Un autobús detenido en su parada: peatones que cruzan por delante de él ocultos a nuestros ojos.
  • Un semáforo en ámbar: un coche que se lo salta.
  • El vehículo que nos precede circula a baja velocidad o tiene un comportamiento extraño: el conductor va hablando por el móvil, distraído o busca dónde estacionar.

Fijaros cuántas situaciones que pueden sorprendernos y provocar, cuando menos, un susto. Podemos pensar en negativo y responsabilizar a los demás o a la mala suerte. O podemos pensar en clave positiva y actuar para minimizar el riesgo. ¿Cómo? Usando la cabeza y el pie.

¿Sabemos qué es el tiempo de reacción? Es el tiempo que transcurre desde que percibimos un estímulo hasta que se transmite una instrucción desde el cerebro y se convierte en una acción. Es decir, el tiempo que transcurre desde que vemos el peatón hasta que somos capaces de actuar sobre el pedal del freno. Dura de promedio 1 segundo. Sí, seguramente Bruce Lee reacciona antes cuando pelea, pero no conduciendo. ¡Y no todos somos Bruce Lee! El caso es que, igual que él, podemos entrenarnos para anticiparnos. Está al alcance de todos.  ¿Por qué no lo hacemos?

La clave está en prepararse para lo peor. Actuar como si fuese a ocurrir. Anticiparse. Lo hacemos a diario en nuestra vida cotidiana. Si crees que va a llover, coges un paraguas. Si piensas que hará frío, una chaqueta. Si sospechas que detrás del autobús puede haber un peatón, actúa. ¿Cómo? Hagamos un análisis en paralelo de dos situaciones: lluvia y tráfico.

1. Observa adecuadamente el entorno (¿está nublado?) que nos rodea manteniendo la atención y haciendo barridos con la vista para contar con toda la información: conduzco observando lo que sucede a mi alrededor.

2. Interpreta esa información como lo haría Murphy (seguro que llueve en cuanto me asome): delante de esa furgoneta que me resta visibilidad puede haber una persona dispuesta a cruzar.

3. Sospecha (llevo el paraguas en la mano): sitúa el pie frente al freno nada más detectar el riesgo.

4. Actúa (antes de que caiga una gota ya lo estoy abriendo): si esa persona es real, pisa el freno y detén el vehículo. Si no, sigue circulando.

5. Refuerza tu comportamiento (¡qué bien, estoy seco!): ha mejorado tu seguridad y has reducido tu tiempo de reacción con esta simple maniobra.Síguelo haciendo.

¿No te lo crees? Haz la prueba. Comprobarás cómo tu cerebro se ha tomado el trabajo de observar y prepararse para actuar, de modo que sólo le resta actuar, luego el tiempo de reacción ha disminuido porque esas dos tareas previas a la acción las hemos anticipado.

Enhorabuena, has hecho como Bruce Lee: leer los golpes de sus oponentes antes de que le alcancen. Conducir nunca es un combate, pero nos sirve el paralelismo para explicar el concepto. Desarrolla tus reflejos sin ir al gimnasio, sólo ejercitando el cerebro y el pie. Anticípate. Piensa.

 

Prevencontrol

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