El futuro en la prevención de los riesgos psicosociales.

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Ansiedad y depresión copan los primeros puestos en las estadísticas de prevalencia de los trastornos psicosociales en el mundo industrializado, haciendo mella preferentemente en el sexo femenino, donde alcanza una incidencia casi doble que en el masculino. En los países en desarrollo, las cifras se moderan considerablemente, lo cual sugiere que son un tipo de enfermedades que podemos asociar a un estilo de vida propio de los países que mejores servicios sanitarios y que mayor y mejor prevención realizan. Algo importante anda mal. Los costes directos de estas enfermedades se cifran en decenas de miles de millones de euros, algo que, en previsión de futuro, demanda acciones decididas y concretas para poder dar la vuelta a semejante situación. Y no se han volcado pocos esfuerzos en concreto para el desarrollo de investigaciones encaminadas a entender mejor cómo funcionan a nivel biológico tanto ansiedad como depresión.

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Un proceso inflamatorio

En los últimos diez años, se ha hecho un esfuerzo importante en la investigación biológica, confluyendo en apreciar que los estados depresivos y de ansiedad se asocian a procesos inflamatorios, estrés oxidativo, aumento de citosinas y de endotoxinas (LPS, endotoxina lipopolisacárida). Numerosas pruebas han ido estrechando el círculo entorno a estos tres sospechosos, los cuáles están relacionados, a su vez, a situaciones de salud perniciosa muy concretos: obesidad abdominal, insulina elevada, triglicéridos, colesterol total y demás marcadores de riesgo para enfermedades cardiovasculares y diabetes.

Quiero decir: todo aquello que puedan ser factores de riesgo para enfermedades cardiovasculares y diabetes, lo es también para ansiedad y depresión, asimilando que el mismo estilo de vida que nos ha conducido al aumento de las enfermedades orgánicas lo ha hecho también con los trastornos psíquicos, especialmente con ansiedad y depresión.

El eje intestino – cerebro – microbiota

Juega un factor decisivo en la biología de la salud mental la correlación de un estado saludable del intestino y de la microbiota residente en el mismo, hasta el punto que se ha dado en llamar al intestino el segundo cerebro. Y no sólo para ansiedad y depresión sino incluso para otras patologías tan diversas como autismo y esquizofrenia. Tratar el intestino y su microbiota para atajar desequilibrios psíquicos, ésta es la idea, y ahí se ha centrado la atención en estos últimos diez años de investigaciones.
Y ya se han pautado soluciones en el campo de la administración de prebióticos y probióticos como coadyuvantes necesarios en el tratamiento tanto de ansiedad como depresión.

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Somos lo que comemos

La composición de nuestro microbioma intestinal (ecosistema formado por miles de millones de células que reside en nuestro intestino y que alcanza casi 2kg de peso) depende básicamente de nuestra dieta. Dietas altas en grasas saturadas y pobres en fibra desencadenaran toxicidades en el intestino que traspasarán la barrera intestinal y afectaran nuestro equilibrio psíquico. Corregir dieta implica ganar estabilidad emocional, autoestima y wellbeing. Ya lo sabíamos, pero ahora tenemos más argumentos.
Pero no seamos eufóricos, y vayamos a pensar que podemos corregir evoluciones depresivas o de ansiedad sólo con dieta. No hemos avanzado tanto. Pero hay un horizonte de futuro.

El esfuerzo coordinado en investigación coordinada de muchos países se centra, en este momento, en descifrar el genoma del microbioma humano. Tarea diez veces más costosa que cuando se descifró el propio genoma humano. La intencionalidad de ello es la de poder acotar las funcionalidades de la microbiota intestinal y con ello poder llegar a pautar dietas personalizadas para cada individuo que permitan corregir determinados desequilibrios.

Cabe esperar, pues, en un futuro no lejano, que con un análisis de heces se podrá pautar una dieta personalizada que será efectiva en la prevención de patologías psicosomáticas y, de ahí establecer nuevos modelos en prevención de riesgos psicosociales basados en análisis clínicos y nutrición. Todo ello sin menoscabar todos aquellos condicionantes psicológicos y sociales del entorno de trabajo. Se habla incluso –y de hecho ya se está aplicando en determinados casos- de trasplantes de microbioma como solución correctora a determinadas situaciones patológicas. Se implanta microbioma de un donante sano en el intestino del que está enfermo, logrando con éxito corregir un desequilibrio microbiótico pero también de consecuencias psíquicas.

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Medidas emergentes

Aun sin poder soslayar la no poco fácil tarea de psicólogos y psiquiatras, la cuál es de gran relieve, proponemos algunas medidas prácticas que podemos aplicar ya en entornos laborales para disminuir impacto de depresión y ansiedad. Algunas son repetición de algo ya muy de sabidas, pero las constatamos:

  • Reducir el consumo de grasas, sobre todo si son saturadas
  • Asegurar una ración diaria de fibra que mantenga la base de la buena salud del microbioma intestinal
  • Hacer ejercicio físico aeróbico diario
  • Dormir y descansar mínimo 7 horas, mejor 8
  • Recuperar siempre con probióticos la microbiota intestinal después de recibir (por el motivo que sea) algún tipo de dosis de antibióticos
  • Tener un espacio de tiempo diario para disfrutar, reír, jugar, pasárselo bien, alegrarse, distraerse.
  • Ingerir líquido abundante, mejor al levantarnos, en forma de infusión
  • Limitar al máximo el consumo de azúcar en cualesquiera de sus formas
  • Moderar el consumo de alcohol
  • Asegurarnos que comemos ácidos grasos omega-3 de forma suficiente
  • Incorporar a nuestra dieta, de forma diaria, diversos tipos de probióticos, mejor naturales.
  • Ponderar la ingesta de todo tipo de antioxidantes que nos ayuden a reducir estrés oxidativo
  • Nuestro sistema nervioso nos alcanzará un equilibrio emocional si llevamos una dieta pobre en magnesio.

Paralelamente, hay que ver cómo gestionamos el estrés que posibles factores externos puedan desencadenar al individuo. La somatización de situaciones de mucha tensión para la persona terminan muchas veces en una alteración tan grande del microbioma intestinal que puede resultar bloqueante para el ejercicio de la actividad intelectual normal y colapsar la personalidad del individuo, incluso pasados unos años del trauma eventual. Este tipo de situaciones culminan en lo que se llama una disbiosis, porque la microbiota pierde sus funcionalidades biológicas o están muy alteradas. Son situaciones no fáciles de remontar y que se sospechan sean responsables de patologías tan diversas como autismo, enfermedad de Crohn, fibromialgia y fatiga crónica, colitis, depresión, candidiasis, esquizofrenia… Hay que cuidar, pues, por no decir mimar, nuestra salud intestinal.

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