El estrés laboral, ¿cuándo nos perjudica? (I)

El tiempo estimado de lectura es de 8 minutos

En 1994 Robert Sapolsky publicó quizá su título más famoso: Por qué las cebras no tienen úlcera (Why zebras don’t get ulcers) en el cual Sapolsky consigue trazar conceptos elementales de funcionamiento neurológico, endocrino, de comportamiento, desde el mundo del entorno natural salvaje, hasta el entramado urbanita que nos rodea. La tarea de Sapolsky no es nimia: se ha pasado 30 años de su vida viajando a África los meses de verano para poder observar y seguir el comportamiento de un grupo de babuinos en Kenia –siempre el mismo- y analizar las fuentes de estrés en su entorno natural, ver los cambios que ello provoca en la personalidad, el comportamiento y las enfermedades que conlleva, por si tuviera que ver –o no- con la problemática humana referente al estrés.

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Stress in the wild

(el estrés en un entorno salvaje)

En 1990, con cerca de veinte años de estudio, Sapolsky publica en Scientific American el título Stress in the wild en el cual ya se da cuenta de que los mecanismos que generan estrés en un entorno natural o salvaje no son los mismos a los que debemos hacer frente los humanos, y menos en un entorno laboral: las luchas contra depredadores, presas y congéneres son fuente de estrés que implica amenaza vital directa. Comer y no ser comido, esquivar el macho alfa competidor, ése es el día a día cotidiano en los entornos naturales. Nuestra evolución cultural y nuestra elevada organización social nos hacen sentir enormemente seguros frente a amenazas vitales. Por el contrario, nuestras fuentes de estrés son más bien mentales o emocionales que no físicas. Difícilmente vamos a salir de casa preocupados por un eventual enfrentamiento físico con un policía o un ladrón en la calle, pero sí que nos abruma la posibilidad quizá de una inspección fiscal, la presión del entorno laboral, llegar a tiempo a una reunión importante, poder entregar determinado encargo o pedido a tiempo, problemas de relación con la pareja, desavenencias familiares, y el mismo torrente de información que cada día nos inunda y que, a la vez, nos inquieta.

En realidad estamos defendiendo lo mismo que el macho alfa del grupo de babuinos: nuestra posición social, pero mientras que el macho dominante se enfrenta en una lucha física (quizá a vida o muerte) con sus competidores, nuestro éxito social, nuestra posición, nuestro salario, que también está en jaque cada día, puesto que depende de los retos que diariamente debemos asumir, responde a tipos de amenazas más sutiles y ambiguas.

La descripción –brillante descripción- de la sutileza que nos diferencia de los otros animales le valió a Sapolsky el apodo entre sus alumnos y amigos de Subtelsky (2009), como es conocido en medios universitarios. Estrés sí, pues, pero amenaza sutil. Según Sapolsky, dado que la mayor parte de las fuentes de estrés las generamos nosotros mismos y lo hacemos de manera sutil, también las formas de sobrellevarlo deben de ser sutiles, y ya desde aquí mismo se han sugerido varias, en forma de consejos, mindfulness, pet-friendly, desarrollo de actividades creativas, yoga en el trabajo, gatos en la oficina, y muchas otras que no se nos han ocurrido, y que casi cada cuál puede llegar a personalizar. En este sentido, Sapolsky es muy duro: dado que las fuentes del estrés para los humanos son puras invenciones de su mente –afirma a modo de conclusión en “Stress in the wild”- así deberá buscar otros tantos mecanismos para poder hacerle frente adecuadamente.

Cuándo nos perjudica el estrés laboral o por qué las cebras no tienen úlcera

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Si nos fijamos por un momento en el desencadenamiento de secreción hormonal en cascada que produce el estrés, nos damos cuenta de que no es diferente del de cualesquiera otros mamíferos (incluso vertebrados), no sólo los babuinos, sino herbívoros como los caballos o las cebras. Este sistema de respuesta ante una determinada alarma o amenaza, actúa disparando mecanismos bioquímicos que alteran la composición de la sangre y mandan órdenes muy claras a todos nuestros órganos: nos prepara para luchar o huir. Ahí tropezamos con la primera y muy importante pega. Nuestro sistema de estrés está diseñado para generar respuestas dinámicas, de gran consumo energético. El consumo de energía natural por la actividad física no se produce, por ejemplo, en un entorno de trabajo de una oficina o de un conductor de camión. Ello desregula el natural cierre de los estímulos (algo así como el interruptor que pone otra vez el “botón del estrés” en off). La cebra, cuando es atacada por el león, lucha, patalea, muerde si puede, y huye galopando. En ese esfuerzo vital de supervivencia ha necesitado subir sus niveles de azúcar en sangre para poder obtener energía, pero la ha consumido. Ha bajado la alerta del sistema inmune, pero la ha recuperado. Ha acelerado el latido y ha subido la tensión arterial, pero luego ha relajado ambas. O… ha sucumbido en las poderosas fauces del león, que también sucede.

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En todo caso, lo que no hace la cebra es, una vez huida y si logra escapar, seguir inundándose de hormonas, preocupada por ver cuándo vendrá el próximo león, o comprarse un reloj para estudiar a qué hora pasan los leones, o descargarse en su teléfono móvil una aplicación que geolocalice los leones para poderla consultar cada rato, ni mandarse mensajes de wazzap con otras cebras para asegurarse de que están bien, o avisarlas de que el león va para allá. No. La cebra simplemente cierra por completo su sistema de alerta del estrés y se relaja y sigue pastando. Por eso la cebra no enferma. Por eso no desarrolla úlcera.

La segunda gran pega, pues, del estrés humano, es su situación de continuidad. Cuando discutimos por teléfono los detalles de una operación comercial, en realidad, nos lo tomamos como si en ello nos fuera la vida, segregamos las mismas hormonas que un animal salvaje ante una amenaza: adrenalina, cortisol… pero además de lo sedentario de la situación, que no tiene nunca una resolución dinámica inmediata (el deporte que practicamos es un válvula generalmente disociada y diferida), se ha tornado en un hábito constante. Ejercemos ésta nuestra capacidad para el día a día, desde que nos levantamos pensando en las obligaciones del día hasta que nos acostamos preocupados por determinadas circunstancias que vivimos como retos o amenazas.

Este modo de vida con un estrés sin asueto encarnado, incrustado en nuestro quehacer cotidiano, es la causa más que probable de gran parte de las enfermedades occidentales, no sólo la úlcera, sino la obesidad, hipertensión, cardiovasculares en general, cáncer, alergias, sobrecrecimiento de cándidas,  sistema inmunitario deficiente o hipersensible, ansiedad, depresión… Enfermamos no tanto porque nos estresamos sino porque no nos apeamos del estrés.

¿Tiene razón Sapolsky en que nos inventamos el estrés?

Ya me he extendido demasiado, y voy a dar sólo algunos apuntes. Tomemos perspectiva: hace apenas 80 años, se segaban todavía los campos de trigo a mano, y la mayor parte de la población no tenía reloj. Trabajaban mucho, de sol a sol, pero en ningún momento de su vida paraban atención siquiera a la hora del reloj, simplemente porque no lo tenían. Para levantarse y ponerse a trabajar a las cuatro de la madrugada, hacía falta buena dosis de cortisol para tener fuerza y coraje, pero al final del día el esfuerzo físico lo había disipado todo. Caían rendidos y, lo que es más importante: dormían un sueño reparador, poniendo con ello su reloj hormonal con el estrés a cero.

La invención de la maravilla de la tecnología digital, en especial los smartphones, ha generado unas nuevas pautas de comportamiento social. En las estaciones de trenes y autobuses, por poner un ejemplo, todo el mundo manda y recibe frenéticamente mensajes (quizá de remotos y fantásticos lugares), sin ningún tipo de tregua ni de día ni de noche. Esta continuada atención genera, entre otras cosas, un empobrecimiento del sueño y del descanso, y, por ende, una menor recuperación del estrés.

Las máquinas (analógicas) primero y la tecnología de la revolución digital se me ocurren, por regla general, tendencias negativas en la resolución de los bucles de cascadas hormonales del estrés. Paralelamente nos ha faltado este trabajo en la sutileza para buscar los adecuados resortes para resolver el estrés acumulado y no enfermar. Pero aquí estamos, para tomar consciencia y ver cómo resolverlo.

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Personalmente, me gusta observar a los jubilados, los cuáles, por definición, deberían estar excluidos del estrés laboral, y realmente lo están, pero, según mis observaciones, a la mayoría de ellos no les queda tiempo para nada. Andan siempre muy ocupados, tensionados (los nietos, cursos, actividades, apoyo a los hijos, revisiones médicas), al límite en la medida de sus posibilidades. El caso es que dicen que los cementerios están repletos de personas imprescindibles.

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El diseño del ocio, muchas veces, no busca otra cosa que múltiples estímulos de todo tipo que no hacen más que empeorar la situación. Ver la televisión en nuestras horas de relajación no disipa el estrés sino que lo alimenta (por el continuado flujo de estímulos visuales y auditivos). Pasarse el fin de semana en un parque temático, o acudir a la mayor parte de los espectáculos deportivos, y –no digamos ya- el ocio nocturno discotequero para la juventud, no son buenas ideas para facilitar disolver el estrés, sino, también en este tipo de casos, todo lo contrario. El caso es que estos tipos de ocio son muy recurridos, y nadie nos obliga a ello ¿nos gusta inventarnos el estrés? ¿Ese chorro de hormonas nos estimula positivamente o nos perjudica?

Y todavía: ¿Cómo eran los modelos tradicionales del ocio? ¿Qué hemos aprendido de los juegos y de la gamificación en la empresa?

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2 comentarios

  1. Joaquim Ruiz Ventura

    Un magnifico articulo muy interesante y bien documentado.

    • Xavi Iribarren

      Xavi Iribarren

      Muchas gracias.

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