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¿Quién no ha oído hablar de la dieta mediterránea? Representa una forma de comer a la que se le atribuyen intuitivamente arraigos ancestrales, tradiciones culinarias seculares, un estilo de vida y de hacer propio de unos ritmos de vida saludables. Sin embargo, ¿qué hay de cierto en todo ello?

Me resulta fácil pero a la vez me causa respeto destruir semejante mito, por lo cual voy a introducir solamente algunos matices, el primero, y más importante es que, como tal, la dieta mediterránea no existe, si la entendemos como la dieta de los pueblos bañados por el mar Mediterráneo. Lo más correcto debería ser habla de dietas (plural) mediterráneas, porque existen muchas diferencias entre el comer de Grecia, o del Líbano, o de Túnez, o de Sicilia, o de Alicante…

El segundo matiz se refiere a la supuesta antigüedad del término. Existen libros de cocina medievales, y también de la edad antigua, en concreto el Apicius o De re coquinaria, el cual está escrito en latín y dentro del área mediterránea, y recoge recetas y da una idea del estilo de comida de la época (S. II aC), pero en ninguno de los casos aparece citado el término dieta mediterránea ni ningún sinónimo. El uso del término y, por tanto, de la conciencia de la existencia de un patrimonio dietético particular para el área mediterránea no aparece hasta la II Guerra Mundial y se populariza en la década de los 50 del S. XX, es decir, en la posguerra, fecha que se me antoja mucho más reciente de lo que podría parecer de forma intuitiva.

Concepto de contraste

En un momento de penuria y estrecheces, con la mayor parte de los alimentos racionados, en los países del litoral mediterráneo se constata una evidencia de hábitos saludables en la dieta, en contraste manifiesto, especialmente, con los países de centro Europa o incluso de los EUA: frutas y verduras frescas abundantes, aceite de oliva, cantidades muy moderadas de carne y de pescado, y muy baja incidencia de grasas saturadas. Algunos incluyen también el vino en consumo moderado. En el norte se cocinaba usando grasas de origen animal (mantequilla, manteca de cerdo) y las frutas y verduras frescas eran ausentes la mayor parte del año. La referencia, pues, es acotada a un período de tiempo muy concreto. La evolución posterior de las cosas ha ido diluyendo el contraste, camiones de frutas, verduras y aceite de oliva surten los mercados del norte y en el sur la dieta ha incorporado paulatinamente patrones impropios ¡Qué lástima!

Además de la dieta, otras costumbres como los juegos infantiles tradicionales jugaban una baza importante en la buena salud.

Sin embargo, el concepto de salud ligado al ámbito y estilos mediterráneos ha cuajado y es conocido y respetado como modelo en muchos países, incluso de fuera de Europa, lo cual, por mimetismo, ha llevado a asociar la población de la cuenca mediterránea con un perfil de estilo de vida saludable. Parece que aquí lo hacemos mejor, por tradición y por posición geográfica privilegiada. Pero, ¿es eso una conclusión certera?

Realidad mediterránea

Para medir de alguna forma cuál es la realidad, vamos a tomar de referencia los índices de obesidad infantil. La dieta tiene mucho de hábitos y de aprendizajes. Y los aprendizajes, de corresponderse con una supuesta tradición mediterránea, deberían adquirirse ya en temprana edad. Cada vez se avanza más en este concepto ontogénico de la nutrición. Una tradición verdadera de dieta saludable en los países mediterráneos debería traducirse en unos perfiles infantiles ajustados a índices bajos de masa corporal, sin embargo ¿cuál es la realidad?

Obesidad infantil en Europa

Obesidad infantil en Europa

Pues las estadísticas cantan; los países europeos con abundante línea de costa mediterránea presentan los índices corporales más desgarbados de todo el continente. Y la tendencia marca  claramente y de forma preocupante en una inequívoca dirección de abandono de los hábitos dietéticos propios de épocas pasadas. El presente ya nada tiene que ver con aquellos tiempos en que las hortalizas se transportaban en carros desde un huerto cercano; la compra debía hacerse a diario, porque no existían los frigoríficos; las hogazas de pan se hacían con harina molida en molino de piedra y cocida en hornos también de piedra calentados con gavillas del desbroce del bosque cercano. Todo esto es historia, remota historia. Ahora llenamos nuestras neveras con precocinados, comida rápida, procesados, grasas saturadas abundantes y bebidas azucaradas.

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Y aparecen datos alarmantes: niños que no catan las verduras, que desconocen la mayor parte de las frutas, y cifras de aumento sostenido de los porcentajes de población con sobrepeso y obesidad. Según un estudio publicado recientemente (2014), con análisis de datos hasta 2010, los resultados son concluyentes; uno de cada tres niños en la UE tiene sobrepeso, y la tendencia es progresiva, en sentido ascendente. Ya se habla de pandemia de obesidad infantil. Y los países del sur de Europa, en la cabecera de esta no muy honrosa clasificación.

Evolución de la obesidad infantil en Europa (2002-2012), por países.

Evolución de la obesidad infantil en Europa (2002-2012), por países.

Contraste social

Como siempre ocurre en los estudios sobre obesidad, también en Europa la clase social y el nivel de estudios inciden sobre su prevalencia, e invariablemente la obesidad se ceba implacable en aquellos más vulnerables. Las clases sociales con menos ingresos y nivel de estudios más bajo se encuentran más expuestas al riesgo de desarrollar obesidad.

Si hacemos un poco de zoom out y escogemos fijarnos, de todo el mundo, el lugar donde quizá existan unos contrastes más exagerados, podemos dirigir nuestra mirada a la ciudad de Nueva York, sitio en el que  la probabilidad de desarrollar obesidad en las mujeres de clases sociales más bajas es 7 veces mayor que en las de mayor estatus social, ahí está el dato. Las consecuencias de estas desigualdades son devastadoras porque a su vez generan desigualdades en los patrones de salud pública: diabetes, enfermedades cardiovasculares, cáncer, neurodegenerativas, depresión, ansiedad… las clases sociales más desfavorecidas tienen la peor salud, con diferencia. Corregirlo no es tarea fácil y quizá sólo así podamos entender que en Nueva York se hayan tomado las medidas más drásticas conocidas de control y prevención, prohibiendo directamente la venta de productos de determinadas características consideradas perjudiciales en extremo, limitando o eliminando saleros de los restaurantes.

Los niños pasan 2,5 horas diarias frente a una pantalla

Los niños pasan 2,5 horas diarias frente a una pantalla

En lugar de prohibir, promover modelos de dieta saludable, tal cual es la mediterránea, es una vía alternativa, y podría constituir un modelo propio de prevención, aprovechando la herencia recibida, el patrimonio cultural que representa la dieta mediterránea (en 2013 se inscribió la dieta mediterránea como patrimonio cultural inmaterial de la UNESCO). Sin embargo el modelo parece que ha sido más efectivo para alentar las exportaciones de frutas, verduras y aceite de oliva al centro y norte de Europa que para realmente salvaguardar las costumbres saludables de forma que garanticen una buena salud.

Señalemos por último, en este sentido, que la Unión Europea desarrolló múltiples investigaciones (CORDIS) y ha puesto en marcha programas con el objetivo de habituar a los niños adecuadamente al consumo diario de frutas y verduras, y dar directrices a los padres. Incomprensiblemente, no están disponibles en lengua castellana. Sin embargo, de momento, no se observa una inflexión en la tendencia. Habrá que esperar. Volver a los hábitos de los abuelos, de momento, parece que no está de moda. Y, tocando de pies en tierra, vivir en el Mediterráneo no es connotación saludable, al menos de forma espontánea.

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3 comentarios

  1. Xavi Iribarren



He llegit i accepto la Clàusula de Consentiment.

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